Himno a Satanás II

La voz tenue se repite,

no todos los días,

sólo pasa de manera excepcional.

Es rarísima, está acribillada por filtros

que la deforman y desparraman

sobre todo el espectro sonoro.

 

Una cuchillada que

rebota de un lado a otro

de un lado a otro

de arriba a abajo

de izquierda a derecho

de norte a sur

de un hemisferio a otro

de un lóbulo a otro

de un punto encefálico a otro.

 

Cuando llega es porque

la esencia biológica de mi ser

y la voz de la razón de mi mente

están fuera, se fueron a cenar

a emborrachar, a perder

el control de sus días en medio del

pantano de las serpientes y los sapos;

nadan entre carpas opacas que comen otras carpas,

truchas camufladas entre el pegajoso lodo que

alberga anguilas negras, con la mirada perdida

por la falta de luz, con los dientes dispuesto para

atravesar la piel de alguno de mis dedos, las plantas

de mis pies, las almas de mis manos

roídas por las colmillejas viciosas;

en la frente se me suben las sanguijuelas, puedo sentir

como la succión me deja

sin sangre en la cara, con ganas de caer y ahogarme en

el manglar sin luna, entre las raíces afiladas de árboles

que no parecen de esta tierra.

 

Debajo del fango y las heces de cocodrilo

escucho la voz

que crece en intensidad, que me quiere partir

los tímpanos con una petición,

una súplica endulzada, un susurro

íntimo, un deseo hirviente,

una plegaria sofocante, una añoranza

perdida entre el momento de mi nacimiento

y hoy, que no logro esconderme de la noche.

 

“Vuelve conmigo”.

Me  encontraba sobre la Carranza, bien metido adentro de Palaco, mucho después de la BIMBO, por los rumbos donde hombres indigentes quieren asaltarte afuera del OXXO, con el pretexto de que les regales veinte pesos para una recarga TELCEL. Los carros, en la noche, parecen espectros que se deslizan bajo la luz mercurial que no sirve para nada. No elimina la oscuridad, sólo la amplifica, la hace más evidente. Algunas de las casas tienen finta de estar abandonadas, otras parecen resguardar oscuros secretos detrás de sus candados y rejas con alambre de púas o cercos electrificados. Esas fortalezas endebles son las que me parecen más egoístas, ausentes de humanidad. Edificadas para proteger pantallas plasma, sistemas de sonido, laptops y computadoras; autos acumulados tras puertas de herrería negra, puertas automáticas, portones de gruesa madera que buscan la protección infalible del dinero invertido. Los únicos lugares que muestran un poco de vida son las taquerías, los puestos de hot-dogs; el señor de los cocteles de elote, que apesta a maíz cocido, pero conoce a la perfección (maestría artesanal) las medidas de la mayonesa, crema, mantequilla, caldo y sal que se mezclarán entre la colina de granos amarillos, a punto de desbordarse de su recipiente de foam, después que la combinación es coronada con queso seco, seco como esta ciudad de miedo.

Las personas son seres predecibles por el hecho de que son adiestrados desde pequeños, por que reciben “educación”. Yo también la tuve, por eso conozco el corazón de las personas. Lo entiendo sin algún problema. Son fotografías que puedo memorizar de reojo. Uno puede recordar los detalles de una impresión o de un cartel con el suficiente empeño. Un niño puede recordar cien o doscientas o trescientas palabras de un diccionario y nunca olvidarlas. Un individuo aprenderse y describir los huesos, los nervios, los cartílagos y las articulaciones del ser humano para lograr ser un médico o una doctora. El cerebro, utilizado de manera correcta, sólo sirve para la expansión de nuestros límites.

Es evidente que también es necesario un poco de talento. Una habilidad natural para lo que se está buscando perfeccionar o alcanzar. Subir una montaña es para el escalador, pero adueñarse de la montaña es para quien pellizca las piedras con la punta de sus correosos dedos hasta lograr afianzarse de una estirada grieta, que identifica un soporte para la parte interior del pie derecho en el titán vertical que se niega a mostrarle de buena gana, engrandecido por su desdén, las pequeñas arrugas, las marcas del doloroso tiempo sobre su espalda o en su cara, para poder reposar del esfuerzo, aunque sea unas decenas de segundos. Lograr esto necesita de la observación, una capacidad para razonar y encontrar la respuesta que existe sobre la helada piel de un risco olvidado.

Lo complicado es la “reeducación” de la humanidad. Les encanta vivir en medio de la falsa seguridad de lo ya conocido, lo verificable. Es necesario ir contracorriente, meter mi cabeza y mi cuerpo en el violento río de la normalidad y detener su despiadado cauce con mis brazos congelados. Me causa placer cuando estoy empapado hasta la punta de mis falanges distales por una buena causa: la de sacudir por completo la realidad de los incautos.

Es lo que le sucederá a la familia Ñañez. Desde hace semanas mi carro sigue su Sentra, el PT Cruiser de la hija mayor, la Explorer del año que Carmen usa todas las mañanas para ir al yoga. El Mercedes plateado, poco discreto, que el Licenciado Ñañez aborda, con su bigote tupido y una cara impávida, confiada, con los ojos bien abiertos para el día que comienza.

Algunas veces sigo a la hija a la universidad, otras veces sigo a la madre (que después del yoga y el desayuno lleva a Carlitos a una secundaria privada, descaradamente católica). Después de darle un beso en la mejilla, ella pierde su tiempo en Liverpool, perdida entre pisos de electrodomésticos y ropa cara; observa con parsimonia los celulares porque desea tener todos. Se empapa de perfumes CHANEL, DIOR, DOLCE & GABANNA; las esencias se mezclan en su delgado cuello, en las muñecas pálidas, entre los escondrijos de su cuerpo maduro y tonificado.

El licenciado Ñañez, por otro lado, tiene una rutina preestablecida: i) Desayunar en Sanborns o en el Rincón Azteca dos huevos estrellados con tortilla recién hecha, un platillo que sólo le elaboran a él. ii) Llegar al despacho en calle “H” y Tapiceros. iii) Firmar papeles en su oficina, revisar casos de clientes que desviaron fondos, evadieron a Hacienda, lavan dinero con diferentes empresas de la ciudad. iv) Salir a comer con su secretaria por Centro Cívico. Todos los lugares lo respetan, saben que violar la confianza de ese bigote y del ceño ligeramente fruncido, apenas visibles las mínimas perturbaciones dérmicas, significaría perder el negocio: llegaría un inspector de Salubridad al día siguiente para clausurar el establecimiento por plaga de ratas, por reportes anónimos de intoxicación por alimentos, por el (verdadero) lavado de dinero.

Los primeros en volver a casa, la fortaleza escondida de Palaco, son Karen y Carlitos. La madre siempre está en el gimnasio, en el café con las amigas de Los Pinos, en la alberca privada del Casino de Mexicali. El licenciado Ñañez apenas si llega a tiempo a la cena. Comen él y sus hijos. Siempre preguntan lo mismo, las respuestas son idénticas durante la semana. Las puedo escuchar desde mi Corolla que cambia de placas cada dos días, que se derrite y camufla entre el paisaje de la capital como un chanate.

La prosperidad no es eterna. La familia Ñañez no lo sabe, se preocupan por generar más dinero, atiborrar su casa con pantallas Samsung 4K. Planean construir un cuarto separado de la casa para que sea un área de juegos, planean tener un jacuzzi en la enorme recámara principal. Los esposos dicen que es para ellos pero en realidad es para los amantes que entran a deshoras, cuando no hay nadie, a manchar las sábanas de mil ochocientos hilos de algodón egipcio con semen o eyaculación femenina. El cuarto de huéspedes lo usa Karen con los hombres que conoce en el antro, se los lleva después de dos botellas de vodka y los exprime por completo. Tiene todos sus números grabados en Whatsapp. Lo sé porque tengo una copia de todas las conversaciones en mi computadora.

Es martes, un día muerto para esta familia ingenua. Es el día en que todos duermen temprano. El único día en donde en donde Carmen y el licenciado se bañan en un sexo incómodo, sin chiste, donde los besos son para lubricar más, para el Viagra valga la pena.

Por eso mismo puedo entrar a la casa a partir de las 4:00 a.m. La presión de la pistola de aire comprimido, expulsa la cerradura de la puerta de metal como una Coca-Cola fría. No hay sonido, mi máquina está calibrada para que la gente crea que lo que escucha es culpa de un perro vagabundo, del travieso gato arrabalero. Los autos no me interesan, lo que me interesa es la caja de los breakers principales, el medidor digital de la CFE. Corto la corriente con unas pinzas. No me electrocuto, he hecho esto demasiadas veces. Soy un escalador que busca adueñarse de una nueva cima.

La ventana del baño se encuentra en el patio. El rottweiler derrama su yugular sobre la toma del drenaje que existe para tirar las cervezas calientes. La ventana nunca está cerrada del todo, apenas si mi cuerpo puede atravesarla. Estoy en el primer piso, no hay alarma, las manos me dejan de sudar al percibir el familiar aroma del hábitat de los Ñañez. Espero cinco minutos para cerciorarme de que nadie está despierto. Silencio. Camino entre la cocina de mármol gris, el comedor de roble laqueado. No tengo dificultades al ubicar los diferentes cuartos. El olor distintivo de cada uno de ellos se escurre entre los espacio de las puertas, entre las bisagras y la pared.

En un instante, la mirada de Carlitos carece de vida. Tiene sesenta piquetes de acero, un enjambre de avispas lo perforado mientras duerme. El cloroformo funciona. Dejo que mis botas, cubiertas de plástico, empuje y desplacen la sangre que cubre la loseta hasta el pasillo de duela. El mundo empieza a girar, se desvía de su eje de rotación para voltearse de cabeza, una cabeza inexistente.

En poco tiempo todo habrá acabado. El cuarto de Karen es rosa, lo se aunque no haya luz encendida. La he visto hundirse en las risas de sus clases de Derecho, la he visto comer en la cafetería de la universidad con sus amigas o cuando va a un Carl’s Jr en sus horas libres. Me la sé de memoria, ella es una fotografía que necesita ser triturada, desmantelada y vuelta collage. Su vida se resume a un smartphone, a copiar tareas y coger después del antro. No la tocaré, no importa que sus padres sigan dormidos, no escucharán cómo el serrucho atraviesa la piel hasta llegar de golpe con la articulación, cómo desensamblarla es escalofriantemente fácil. Rodilla, tobillo, codo, pelvis, cadera, hombros y muñecas selladas con polvos cicatrizantes. Karen, aun viva, con la mitad de su cuerpo en diferentes coordenadas del cuarto (todos los pedazos en el piso, algunos en bolsas de plástico) grita y se desmaya, regresa en sí y sus ojos se paralizan por el shock, los ojos de los mártires cristianos que he visto en grabados antiguos.

Todo pasa con una celeridad tangible, siento que mis acciones deforman el tiempo y el espacio. Veo las arrugas en la cara de montaña como si fueran lo más evidente y claro del mundo.

Los padres siguen dormidos, nada los levantará de su reposo. Los cargo desde su cama hasta el cuarto de Karen, los abrazo como si fueran costales. Los ato a las sillas con cuerda. Aprieto con mi pulgar el botón de una corneta de aire. Les arrojo unos baldes de agua helada y electrocuto debajo de sus uñas con una batería de motocicleta. La piel se hincha y explota en diminutas ampollas que supuran un líquido ácido. Debe de ser visceral la reeducación, no podemos gastar el tiempo siendo amables. “¿Te gusta saber que esto pasó por tu Mercedes?”, “¿entiendes que estás siendo torturada por ir al yoga sin falta?” Los dos tienen amantes y acumulan una mentira que se traduce en lo material. Les pregunto cuándo fue la última vez que se dijeron que se amaban, pero no podían responder, sus sollozos y llantos se comían la densidad de la recamara, la dejaban vacía de cualquier otro sonido. Esa era la normalidad que deseaba desmoronar, enfrente de los cuerpos de sus hijos, culpables de os pecados de los padres, cómplices en la charada de una familia estable y feliz. No existe tal cosa cuando se vive detrás de paredes como las de esta casa, insonorizadas, incomunicadas la una de la otra, diseñadas para la falsa idea de la privacidad: el aislamiento.

El Corolla avanza por Lázaro Cárdenas tres horas después. Les dije que soy rápido, yo no pierdo el tiempo, no me muevo en falso. La montaña dominada mientras los obreros entran a la fábrica de BIMBO. Yo nunca tengo manchas de sangre, me dirijo a mi trabajo en ese mismo momento. Nunca hay evidencia, he encontrado la forma  para no tener que preocuparme de eso, ahora puedo pensar en quienes serán los siguientes… Sí, los Robledo, con ese castillo de dos pisos en la Colonia Orizaba, o los Montaño, aquí en Palaco… Tengo que meditarlo muy bien.

Me confundo entre los carros, voy a la velocidad permitida, me separo y me uno al tráfico una y otra vez. Nadie, en verdad nadie entendería que clase de experto escalador soy.

HOMICIDIO.

Estoy en su búsqueda, no puede estar muy lejos. Yo sé que no saldrá de la ciudad. Eso lo puedo asegurar. No es que piense que no es un cobarde, esa palabra es la mejor definición que le podría otorgar. Un cobarde. ¿Por qué lo digo? Por que es una persona baja y ruin, rastrera, alguien que solo habla para producir daño y luego escurrirse sobre su estómago hasta el escondrijo más cercano, el hoyo en la pared o la abertura entre la madera del closet. De ahí mismo se escucha su voz invertebrada, parecida al sonido de los grillos y las chicharras, amplificada misteriosamente por la cavidad oscura en donde solo piensa en una manera de ofender y salir ileso.

Se podría decir que su existencia es una combinación de insectos, se ha apropiado de todas las características negativas que ellos tienen. No teme en utilizar sus capacidades de camuflaje para mezclarse entre los seres humano, espera que lo reconozcan, que le digan que es parte de ellos como todos los demás. La verdad es que solo espera que lo insulten para atacar, sacar sus mil ponzoñas de la espalda, dar mordidas venenosas en los tobillos mientras aguarda que el pus se genere en las heridas provocadas porque es la única manera de que lo puedan ver o notar en la realidad. Solo funciona a través del dolor ajeno.

Mi relación con él era estrictamente de saludos entre amigos. Lo veía en alguna parte, con alguien conocido, me acercaba a él, nos estirábamos las manos, decíamos nuestros nombres y yo me volteaba para dejar de ver su nariz pequeña pero afiliada y el pelo que a veces le cubría la cara. Nada más, no teníamos nada en común mas que los enlaces débiles de las amistades ajenas.

Entonces, en un día como cualquier otro, mientras yo amarraba la corbata Stafford azul marino a mi cuello para poder ir al trabajo y decirles a las mujeres de miradas levemente altivas que el zafiro combina perfecto con el color de su piel, como el brazalete Atlas de dieciocho quilates de Tiffany’s era lo único que necesitaba para verse excelsa, irresistible en todos los aspectos, cómo el brazalete iba a resaltar el brillo de unos ojos ámbar que yo podía vislumbrar aún a través de sus gafas negras Petit Soupçon ojo de gato de Louis Vuitton.

Un día normal en donde yo iba a engatusar a hombres para que compraran dos o tres anillos Bvlgary de la serie B.ZERO1 y así tener una comisión enorme por haber vendido más de siete mil dólares, haber logrado entrar a la mente de la mujer guapa o fea pero con dinero para que entendiera que la combinación de cerámica negra en espiral, las orillas doradas de dieciocho quilates y las dos hileras de microscópicos diamantes que remataban cada pieza estaban hechas para entrar suaves en sus dedos porcelánicos y apretarlos como un beso para no dejarlos ir, para fusionarse con su ser y realzarlo por sobre el de todas las demás. Un día en donde mi mentalidad es producir la mayor cantidad de dinero para mí familia, para que mi hijo pueda tener su ropa y mi esposa no suponga que estoy haciendo las cosas mal, pegado al alcohol y las drogas que mis amigos me facilitan como dulces para piñata, cuando este individuo decide llamarme por teléfono. No entiendo cómo consiguió mi número. Lo ignoro. Eso no es importante, lo importante son las palabras que me dijo al oído con sus chillidos: “VOY A VIOLAR Y MATAR A TU ESPOSA Y TU HIJO”.

Es evidente que esa no fue la primera oración. Hablaba para pedirme dinero o una conecta de cocaína a las ocho de la mañana. Yo solo quería terminar de ponerme la corbata, comer el desayuno y salir a Estados Unidos a la joyería. Le dije no hablara para pendejadas tan temprano. Le pregunté que si quien se creía para molestarme mientras me preparaba para un día de trabajo poco placentero, como cualquier día de trabajo. Su voz cada vez se tornaba más aguda mientras las palabras de como yo era un mal amigo y un egoísta, que nunca sacaba droga en las fiestas y que me rehusaba saludarlo enfrente de las demás personas era despreciable. Estuve a punto de colgarle, debí de haberlo hecho.

Ahora estoy sin corbata y sin traje sastre, con la mirada en cada esquina, alerta a cada nomenclatura de las calles, a los peatones en las aceras, a los niños y niñas que va o vienen de alguna escuela. La camioneta responde como yo quiero porque soy su dueño, tengo que llegar a un destino específico lo más pronto posible. Doy vuelta por un bulevard principal que está cerca de su casa, entro por la calle con el semáforo y sigo a la derecha, bajo la velocidad para pensar bien lo que voy a hacer. Al llegar al parque tengo el presentimiento de que no estará ahí, que se escurrió a otro lugar en el momento en que colgué mi celular. Las manos me sudan y el volante se vuelve resbaladizo, pero decido bajarme del carro y llegar hasta el cerco bajito, como él, de su casa. Sólo que no hay nadie. Todos podrían haberle ayudado. Es un experto para la mentira, para hacerse la víctima. Trato de no destrozar mi celular contra la banqueta, es mi única forma de comunicación. Le hablo a M, le digo como están las cosas, la manera en que habló, la amenaza asquerosa contra mi hijo. Yo sé que no lo dice en serio, que nunca tendría los huevos de hacerlo. Pero yo sí. M dice que me calme, que regrese a mi casa y no haga nada. “Vas a empeorar las cosas porque te conozco, lo sabes”. “Me vale verga, ese pendejo se merece esto”. No le vuelvo a marcar pero sé que él está corriendo la voz entre mis amigos para que no pase alguna estupidez.

Entonces, de repente, entiendo lo que debo de hacer. La Explorer destroza Lázaro Cárdenas, levanta el polvo acre de las cunetas tras de si conforme pasa la Wal-Mart, se hunde en el distribuidor vial y se mete a la colonia Insurgentes Este. “El maldito ha de estar fumando hielo con C o T, siempre tienen el foco en la cara, la cara de perdidos cuando corre la gota”. Aprieto la mandíbula lentamente, una prensa hidráulica hunde diente con diente y me duele, siento como se astillan con la presión. Pero es que lo puedo oler, puedo percibir con cada respiración el hedor que sale de sus axilas y se repliega entre todo el vecindario. “Está con C”. Rio Mocorito y su población estudiantil me pone alerta. ¿Y si escapó a cualquier edificio de la universidad? Al dar vuelta a la izquierda, por López Rayón, me doy cuenta de que estoy empapado de sudor, aún cuando tengo el aire acondicionado en “máximo”. Es imposible detener lo que se ha estado gestando entre mis nudillos, en las flexiones brutales de mis manos, en las paredes que he golpeado hasta reventarme la piel mientras escucho la degenerada voz de ese individuo, tranquilo en su guarida, sin sospechar que las acciones tienen consecuencias, como en cualquier parte del mundo.

Supero los raspados “Gus Gus” a una velocidad poco segura para la zona familiar en donde transito. En la casa de C nunca hay carros estacionados. Vive sólo y prefiere ver a las personas fuera de ese ambiente en donde protege su soledad. Marco a su celular mientras bajo del carro y me acerco a la puerta de madera que tiene un pequeño visor para observar a las visitas antes de que entren. C siempre lo usa; ya está ahí, asegurándose que soy yo, pareciera como si me estuviese esperando. M seguro le mencionó algo. Tenía el pelo mugroso y unas ojeras de mapache sobre el pesado cansancio de su cara. Le dije: “súbete, a la verga”. Negó mi orden con una sacudida de cabeza y pude ver una sonrisa mientras se hacía a un lado, cómo si me dejara pasar a saquear su hogar de la misma manera en que lo habían hecho unos policías municipales semanas antes, cómo lo habían hecho sus “amigos” iceros días antes. Ese cuerpo flaco, esquelético, susurró: “está en mi cuarto”.

Lo que sigue después es difícil de explicar. No recuerdo mucho; las marcas de sangre en mi ropa son más indelebles que mi memoria atrofiada por la ira. El piso estaba inundado de un calor sofocante, metálico y pegajoso. De mis nudillos quedaba la piel viva, la cabeza blancuzca de algún hueso, el ardor de la serie de golpes que le di en la cara, sobre los pómulos, debajo de la quijada. Al transcurrir una hora, su cráneo se había hinchado en una pelota irregular, boluda como llanta vieja, mal inflada, deforme; las protuberancias que rompían poco a poco la piel eran sus huesos cediendo ante mi voluntad. No lo escuché llorar cuando le volé la nariz de un codazo. El plop del cartílago contra la pared fue el único sonido que logré percibir. Tampoco cuando le arranqué las orejas de un tirón. Fue como romper una hoja de carne, gruesa pero debilísima. Al aplastar un lado de su cabeza con mi zapato no existió alguna respuesta. No me percaté de que ya estaba muerto, de que, tal vez, lo había planeado todo, de que la sabandija me eligió a mí, alguien que podía perderlo todo, para acabar con su vida.

 

Himno a Satanás

a Leopoldo Maria Panero.

Me tocaste desde el principio de mis días
porque quisiste arrancarme de
los brazos de mis padres.

Mi piel se tornó púrpura por
la intensidad de tu beso
que cerraba por completo
el paso del oxigeno corrupto
de esta tierra
a mis diminutos pulmones.

El amor y un abrazo de mujer me separó
años de ti,
en medio de mentiras que están escritas
sobre ese libro tan reverenciado,
tan manoseado,
tan malinterpretado
por idiotas,
donde solo insultan tus esfuerzos en
corromper el núcleo del rebaño.

La sangre que corre en sus letras
es la muestra del desdén que el otro
que te puso aquí,
como a mi,
tiene por toda la humanidad.

Solo hasta ahora me doy cuenta
que nunca te has alejado
de mi camino, sino que has sido
el consejero de mis mejores decisiones
metiendome la lengua
desde la entrada de la oreja
hasta tocar con la punta
todos las neuronas de mi cerebro,
licuando con fuego las ideas
que, desde siglos atrás, los débiles consideran
verdades absolutas.

Hazme dudar de lo que veo,
toma mis ojos, tállalos contra
tus vellos púbicos y tus ingles
carbonizadas para limpiarlos
de cualquier falsa certeza, dejame descubrir contigo
las diferencias en todo lo supuestamente claro
que tu odias, que yo aborrezco,
porque no olvido que
me tocaste desde el principio de mis días.

La dolencia privada

     Llegué idiota a este mundo. Voy a morir idiota; no existe medicamento, enseñanza, suceso, ejército o artefacto novedoso con el poder de alterar esa suerte. Ya me queden cincuenta años o quince minutos, mi sino es vivir en la más pulcra alienación; la misma con que observo los mosaicos del piso y me trago las luces febriles de las seis de la tarde.

     Todo idiota posee calidad de humano, pero la idiocia viene primero, en un jugo que baila por el arroyo sanguíneo y se pega a los tejidos, encapsulando al enfermo hasta el fin de la vida. Desde la voz griega idios (lo que pertenece a uno) resuena el germen de mi dolencia solitaria.

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seiseiseisueño

Al abrir los ojos

lo único que recuerdo,

que tengo presente en la cabeza,

es la voz del diablo y de una señora

a través de un celular ficticio

de una amiga muy real

con apodo cítrico y el pelo muy largo

en un bar de Ciudad de México

al cual nunca me han invitado

o citado

o mencionado.

Lo que la voz le decía a la mujer

eran marranadas, metidas de verga,

el preámbulo sórdidísimo

de una violación furtiva

de la cual yo no quería saber nada

porque estaba deformando por completo

la percepción de mi entorno.

Le borré una serie de contactos

a mi amiga para tratar de escapar a la voz,

desconecte el internet

y su línea

por medio de los menús imposibles

que aparecían en la pantalla,

 

luego todo se cortó,

 

(la voz, el sueño, la poca coherencia que sostenía

ver tantas caras conocidas)

rebanada en tajos, como pierna de cerdo

o de muerto canalero sobre camilla de nosocomio.

 

Al despertar solo me apesta la boca, tengo un

finado en las entrañas

recordándome todos los días

que ya llego mi momento, solo

lo estoy aplazando con fantasías

de un futuro que no existe,

solo existen sus pelos púbicos

paseándose entre mis dientes,

debajo de mi lengua,

pegado a mi paladar,

que desaparecen en el aire

cuando intento sacarlos de su recinto,

la cueva corrupta de mis caninos,

la expulsora constante de

puro mal agüero.

CLAVADO

Caminaba entre los

almacenes abandonados del parque industrial (hay miles),

el alumbrado público apenas si

lograba despejar la nada de algunas esquinas,

algunos rincones oxidados

de las paredes metálicas y de las intersecciones

entre calle y calle.

 

No hay nadie, mas que perros que mueren

de sarna y deshidratación. Hay cadáveres caninos

inflados

muy juntos los unos de los otros, parecen la fila

de un fusilamiento. Los que tienen los intestinos

desparramados en la grava o en la tierra

fueron los primeros en olvidar

que no existía nada para ellos aquí.

 

Las lechuzas, blancas y cafés y grises, llegan solitarias

a comer

a arrancar

a engullir

lo que les corresponde.

Las aprecio, siempre se quedan observándome

a los ojos, ninguno parpadea, ella perfora mis músculos

como si fuera un conejo o un gato,

presa fácil,

hipnotizado me revienta los globos oculares con

su pico de acero, me arranca la piel, los tendones y la grasa;

todo la sangre se esparce

en charcos

sobre el pavimento aún caliente por el día.

 

O por lo menos eso me imagino.

 

No hay hombres y mujeres aquí, nunca más trabajarán

apretados dentro de los galerones, recibiendo el eco de las maquinas,

los tímpanos pulverizados. Sin violaciones, sin golpes

ni vergazos, ni

el jefe

o Carlos

o Juan o Felipe

metiendo mano en el baño

en la entre pierna, sin sangre en el dorso de la mano por

el labio cortado de la otra persona.

Aquí hay muertos, el navajazo furtivo, entre la tercera

y cuarta costilla. Solo cadáveres tirados debajo de la luz mercurial,

simulando un borracho dompeado por el Tonayan

o el alcohol etílico.

 

El parque industrial es un paso antes de la SEMEFO,

un paso antes de morir por un iceado

que camina flaco como yo entre las rejas y los conos imperfectos

de cemento seco, las pirámides con mil extremidades de

tubos y vigas y varillas apiladas como

altares inadorables. Aquí no hay a quien adorar

porque las maquinas no funcionan

porque no hay sangre ni horas extras ni

mentes nubladas por el trabajo repetitivo

a quien controlar. Mi mano se desliza sobre la malla

ciclónica, esperando que un murciélago me arranque

los dedos o que un drogadicto

me acuchille la espalda con su mirada de loco,

la mirada que he visto debajo de la tierra, los ojos rojos

explotados

al límite

con una ausencia de cordura

y el deseo primal de justificar la acumulación,

en realidad, espero que si volteo, si mi cuello gira

casi los ciento ochenta grados hacia mi espalda

sea para ver la figura esquelética corriendo

por la avenida interminable,

(su voz jadeante,

escupiendo saliva al aire,

con mi cartera o mis tenis o no importa en la mano)

bajo la luz amarilla y la penumbra

a ninguna parte.